La nueva entrega de la saga, The Conjuring: Last Rites (en español El Conjuro: Últimos Ritos), retoma la historia de los investigadores paranormales Ed y Lorraine Warren en lo que parece ser su capítulo final. Ambientada en 1986, la trama se centra en el famoso caso de la familia Smurl, quienes habitan en West Pittston, Pensilvania, y reportan fenómenos cada vez más perturbadores: olores extraños, voces inquietantes, apariciones y crisis sobrenaturales que escapan a cualquier explicación racional. Los Warren, retirados en apariencia, se ven forzados a volver al mundo de lo inexplicable cuando Judy, su hija, entra en contacto con estas fuerzas más allá de lo humano.

La historia sigue a los Warren —interpretados por Patrick Wilson y Vera Farmiga— quienes, tras años de batallas contra lo sobrenatural, enfrentan su legado cuando la familia Smurl pide su ayuda. Judy, ya adulta, desarrolla una sensibilidad heredada hacia lo paranormal, y su participación se vuelve crucial. Hay objetos, demonios, posesiones, espejos que guardan secretos, sombras que acechan en rincones desconocidos. Aunque el filme mantiene el tono tradicional de tensión, sustos repentinos y ambientes oscuros, hay también momentos más íntimos, emotivos, de reflexión sobre la fe, la mortalidad y qué significa cargar con una vida dedicada a lo oculto.

En lo que respecta a lo cinematográfico, Últimos Ritos es una mezcla de nostalgia, técnica sólida y momentos intensos, pero no exenta de fallos. Uno de los puntos fuertes es la presencia constante de Ed y Lorraine como personajes ya muy conocidos por el público, lo que permite un cierre emocional que muchos seguidores de la saga agradecerán. Las escenas de horror funcionan en buena medida: no todo es sobresalto puro, hay más ambientación, tensión acumulada, y cierto juego con los recuerdos del público sobre entregas anteriores.
Pero también tiene debilidades: se siente más como una recopilación de lo que siempre ha funcionado en El Conjuro que como algo innovador. Algunas críticas apuntan a que el villano no logra asustar tanto como en otras entregas, ciertos tropiezos en el ritmo, y momentos predecibles que podrían restar sorpresa. No obstante, para quienes han seguido la franquicia, la película logra lo que debe hacer en un cierre: invocar los iconos, dar despedidas, cerrar arcos y generar esa sensación de que el ciclo termina, tal vez no perfectamente, pero de manera satisfactoria.

El Conjuro: Últimos Ritos no revoluciona la saga, pero cumple con lo que promete un cierre: evocar la atmósfera característica de la franquicia, aprovechar la historia real de los Warren para generar un eco emocional, y ofrecer una despedida para los personajes que el público ha visto crecer en temores, exorcismos, casas embrujadas y objetos poseídos. Es una película para los fanáticos, más que para quienes buscan reinventar el género. Si estás dispuesto a dejarte atrapar por la familiaridad y el miedo clásico, puede ser una experiencia gratificante.









