
El pasado nunca es pasado. Especialmente si viviste en Brasil en 1977, “un período de mucho engaño”. Esa idea abre El agente secreto [recientemente nominada a Mejor Película Internacional en los Oscars], la extraordinaria excavación de Kleber Mendonça Filho sobre un período de autoritarismo que podría tener un sorprendente parecido con tiempos más recientes. Luego sigue un montaje de fotos vintage en blanco y negro, instantáneas de la vida cotidiana y fotogramas de películas, junto con dos locutores de radio bromeando sobre “Samba no Arpège”, el popular éxito de 1957 deWaldir Calmon. Dos minutos después, la película ya está mezclando historias, lo personal y lo político, lo real y lo ficticio. La desorientación es un factor clave en el arsenal de Mendonça Filho, un cineasta de gran picardía.

Nuestro héroe, un viudo que se hace llamar Marcelo (Wagner Moura, de la serie Narcos), para en una estación de servicio rural para llenar su brillante Volkswagen amarillo y nota un cadáver pudriéndose bajo el sol caliente. La semana pasada atraparon a un ladrón que intentaba robarles, le cuentan. La policía debería pasar a verificarlo en cualquier momento. Cuando los policías finalmente llegan, ignoran el cadáver y están mucho más interesados en extorsionar a Marcelo, que está viajando a su ciudad natal, Recife, adonde no va hace mucho. El plan es reunirse con su hijo y salir del país lo antes posible.
Marcelo no es un agente secreto. Es solo un agente del secreto, por necesidad, ya que irritó al magnate corrupto equivocado cuando era estudiante y dirigía el laboratorio científico de su universidad. Ahora es un fugitivo con un nombre falso y trabajando en el Instituto de Identificación —qué ironía— hasta que pueda conseguir un pasaporte trucho. Mientras, aprovecha el tiempo en estos archivos locales para encontrar información sobre su madre, desaparecida en circunstancias misteriosas. Dos asesinos a sueldo (Roney Villela y Gabriel Leone), contratados por ese magnate, están tras su pista. ¿Y qué relación tiene el jefe de policía local (Robério Diógenes) con la pierna humana encontrada en el estómago de un tiburón?

Los fans de películas como Tropas de elite y de Narcos, y del carisma melancólico de Moura, se han sentido validados al ver que el actor conseguía papeles más sustanciales en películas como Civil War, del año pasado. Acá, sin embargo, vemos que ha mantenido en secreto toda una gama de recursos; al ver a Moura añadiendo matices de gris a este hombre en fuga, adaptándose a los juegos temporales del director, y, en una ocasión, haciendo doble función como otro personaje, comprobás que su premio como Mejor Actor en Cannes fue más que merecido. La paranoia es algo que ha interpretado extremadamente bien en otros proyectos. Pero hay dosis de tristeza, vulnerabilidad, rabia contenida y una especie de resignación cansada en Marcelo que resultan únicos. Ojalá lo veamos en mil papeles así de complejos de ahora en más.

Y aunque Mendonça nunca fue reacio a cambiar y mezclar géneros —pareciera que O Som ao Redor (2012), Aquarius (2016), Bacurau (2019) y Retratos fantasmas (2023) fueran de cuatro cineastas diferentes–, la amplitud y ambición de El agente secreto alcanza un nuevo nivel. Te prepara para un thriller político, con todo y asesinos, intrigas corporativas, policías corruptos y cadáveres misteriosos. Sin embargo, pronto adopta otro enfoque, incorporando desde rasgos del cine de terror hasta reflexiones sobre los viejos cines. La historia de Marcelo mantiene todo conectado y sostiene el factor humano en primer plano, pero el efecto sigue siendo similar a zappear entre canales y propuestas delirantes en la madrugada.

Pero hay un plan maestro detrás de todo esto, y queda en evidencia en un corte impactante. De repente la historia de Marcelo se enmarca en algo más grande, más enredado. Incluso cuando un hilo argumental importante se resuelve abruptamente con un vistazo a una noticia en el diario, todo al final da sus frutos. Lo que inicialmente parece una serie de comentarios crípticos pronto se convierte en una revelación de mayor envergadura sobre lo que Mendonça Filho venía persiguiendo: el paso del tiempo, que no siempre sana todas las heridas. No será ningún secreto, pero es una idea que vale la pena repetir, especialmente con una película tan gratificante como esta.










