Diseñado por Sarah Burton para Alexander McQueen, el vestido de la ahora princesa de Gales fue mucho más que una pieza de alta costura: fue una obra de arte cargada de simbolismo, tradición y elegancia atemporal.

La elección de Alexander McQueen no fue fortuita. Kate deseaba un diseño que celebrara lo mejor del Reino Unido, y Sarah Burton directora creativa de la firma supo materializar su visión.
El 29 de abril de 2011, el mundo entero se detuvo para presenciar la boda del príncipe William y Kate Middleton, un evento que no solo marcó una nueva era en la monarquía británica, sino que también dio lugar a uno de los vestidos de novia más emblemáticos de la historia.

El resultado fue un vestido que fusionó a la perfección lo moderno con lo clásico, con líneas inspiradas en la época victoriana, una cintura ceñida que evocaba los corsés del siglo XIX, y detalles artesanales que rendían homenaje a la herencia cultural del país.
El cuerpo del vestido estaba confeccionado en encaje Chantilly francés y encaje inglés de la compañía Carrickmacross. Las mangas largas, el corpiño ajustado y el escote en forma de corazón crearon una silueta regia y sofisticada.

Pero lo más notable fueron los motivos florales bordados a mano: rosas (Inglaterra), cardos (Escocia), narcisos (Gales) y tréboles (Irlanda del Norte), todos símbolos de unidad dentro del Reino Unido.









