
Hablar de George A. Romero es hablar de un antes y un después en la historia del cine de terror. Nacido en 1940 en Nueva York, Romero comenzó su carrera realizando comerciales y cortometrajes, sin imaginar que terminaría por redefinir uno de los géneros más populares —y subestimados— del cine. Su nombre quedó grabado para siempre en 1968 con La noche de los muertos vivientes, una película independiente, filmada en blanco y negro, que cambió las reglas del juego.
Antes de Romero, los zombis eran criaturas ligadas al folclore y al misticismo. Él los convirtió en cadáveres ambulantes, hambrientos de carne humana, pero sobre todo los transformó en una metáfora social. La noche de los muertos vivientesno solo impactó por su violencia explícita —inusual para la época—, sino por su lectura política: el racismo, la violencia colectiva, la paranoia y la incapacidad de cooperar en tiempos de crisis. El terror ya no estaba en castillos lejanos, sino en casas comunes, en la televisión encendida y en el comportamiento humano.

Romero continuó expandiendo este universo con títulos clave como Dawn of the Dead (El amanecer de los muertos, 1978), donde situó la acción en un centro comercial, utilizando a los zombis como una crítica directa al consumismo y la alienación moderna. Décadas después, esa imagen de multitudes de muertos vagando por pasillos repletos de productos sigue siendo una de las más potentes del cine contemporáneo. Más adelante, Day of the Dead (1985) profundizó en la relación entre poder, ciencia y militarismo, mostrando que, incluso al borde del fin del mundo, el ser humano insiste en repetir sus peores errores.
Aunque el cine de zombis fue su territorio más famoso, Romero nunca se limitó a un solo tema. Exploró otros rincones del horror en películas como Martin, Creepshow y The Crazies, siempre con una mirada crítica, incómoda y profundamente autoral. Para él, el terror era una herramienta para hablar de política, de control social, de miedo al “otro” y de la fragilidad de las estructuras que sostienen la civilización.

La influencia de George A. Romero es incalculable. Sin él, no existirían tal como los conocemos fenómenos culturales como The Walking Dead, 28 Days Later o gran parte del cine y las series apocalípticas actuales. Sin embargo, su mayor legado no es estético, sino ideológico: Romero demostró que el cine de género podía ser inteligente, incómodo y profundamente humano.
Fallecido en 2017, Romero dejó un cuerpo de obra que sigue dialogando con el presente. En un mundo marcado por crisis, polarización y miedo colectivo, sus películas continúan siendo dolorosamente vigentes. Porque al final, como él mismo sugirió una y otra vez, los verdaderos monstruos nunca fueron los zombis, sino nosotros mismos.










