
Nacida como Yvonne Blanche Labrousse el en Sète, Francia, y conocida posteriormente como Om Habibeh o la Bégum Aga Khan, su origen era modesto: su padre era conductor de tranvía y su madre, costurera de origen lyonés, lo que le inculcó desde pequeña el aprecio por los detalles y la confección. Creció en Oullins, y su belleza y presencia destacaron pronto: fue elegida Reina de Lyon, luego primera dama de honor de Miss Francia en 1929 y finalmente Miss Francia en 1930, aunque su altura de 1,83 metros —excepcional para la época— generó polémica en los certámenes. Representó a Francia en eventos internacionales y fue en Egipto, durante una gira, donde su vida dio un giro decisivo al conocer al Aga Khan III, líder espiritual y figura influyente. Se casaron en 1944 en Ginebra, y al convertirse al islam, adoptó el nombre de Om Habibeh, recibiendo también el título sagrado de Mata Salamat, o «Madre de la Paz», un honor que solo habían tenido dos mujeres en catorce siglos.

Su trayectoria se entrelazó con el mundo del lujo y la cultura, convirtiéndose en una figura central de la alta sociedad mundial. Su vida estuvo llena de viajes, encuentros con personalidades destacadas y eventos que la pusieron en el centro de la atención mediática. Incluso un suceso como el robo de sus joyas en 1949 —donde exclamó la famosa frase «¡Ciel, mis joyas!»— se convirtió en parte de la leyenda y hasta inspiró historias de ficción. Tras la muerte de su esposo en 1957, cumplió su voluntad al construirle un mausoleo en Egipto, un monumento que refleja tanto su afecto como su sentido de la solemnidad y el arte. A lo largo de los años, mantuvo su presencia y su influencia, demostrando que su importancia no dependía solo de su posición, sino de su propia personalidad y capacidad de liderazgo.

Lo que consolidó a Ivette Labrousse como un icono de estilo y sofisticación fue su capacidad de combinar elegancia natural con una estética propia que trascendió modas. Su altura y porte le permitieron lucir prendas de alta costura con una presencia única, y su gusto se convirtió en referencia: combinaba piezas francesas con elementos de las culturas que conoció, creando un estilo internacional y atemporal. No solo se trataba de lo que llevaba, sino de cómo lo llevaba: su porte, su educación y su capacidad de adaptarse a diferentes entornos la convirtieron en un modelo de sofisticación. Incluso décadas después, su imagen sigue siendo evocada como ejemplo de elegancia clásica, demostrando que el verdadero estilo no es solo cuestión de ropa o joyas, sino de la personalidad y la historia que hay detrás de cada apariencia.








