Texto y fotos: César Wesche
Después de 15 años de ausencia, la noche volvió a encenderse en el emblemático Estadio Víctor Manuel Reyna, donde la cantante colombiana Shakira regresó a Chiapas con su gira «Las Mujeres Ya No Lloran World Tour». No fue solo un concierto: fue un reencuentro cargado de emoción y cercanía con miles de personas que abarrotaron cada rincón del recinto para verla de nuevo en Tuxtla Gutiérrez.
Desde temprana hora, familias completas, jóvenes y seguidores de todas las edades llegaron con la ilusión de presenciar el regreso de una artista que forma parte de la historia musical de varias generaciones. La espera terminó cuando las luces se apagaron y el estadio se transformó en un espacio de celebración colectiva, donde la música sirvió como lenguaje común y punto de unión.
El espectáculo destacó por su imponente producción: un escenario de grandes dimensiones se extendía hacia el público, permitiendo que nadie se sintiera lejos. Una enorme pantalla de alta calidad recorría el fondo del escenario de extremo a extremo, mostrando cada movimiento de la artista, acompañada por músicos y bailarines que dieron vida a cada interpretación. Un elevador central conectaba la plataforma principal con la pista, acercando aún más a Shakira con sus seguidores.
Pero más allá de la tecnología y la magnitud del montaje, lo que marcó la noche fue la conexión humana. Con una sonrisa constante, Shakira se dirigió al público para agradecer el recibimiento y expresó sentirse “como en casa”, reconociendo el cariño de la gente chiapaneca. En más de una ocasión descendió del escenario para saludar a sus fans, quienes pudieron verla de cerca, tomar fotografías y compartir momentos que quedarán en la memoria colectiva.
Al ingresar al recinto, cada asistente recibió una pulsera luminosa que cambiaba de color con cada canción. Así, el estadio entero se convirtió en un mar de luces que latía al ritmo de la música, como si cada persona formara parte del espectáculo. Desde las gradas hasta la cancha, la experiencia fue compartida como una sola voz.
El cierre llegó con uno de los momentos más esperados de la noche: “La Loba”. Un enorme lobo apareció sobre el escenario mientras la energía alcanzaba su punto más alto. Instantes después, un espectáculo de pirotecnia iluminó el cielo detrás del escenario, sellando una velada que combinó emoción, nostalgia y alegría.
Quince años después, Shakira no solo regresó a Chiapas: regresó a su gente. Y en esa noche llena de música y luces, Tuxtla Gutiérrez le devolvió el cariño con algo más profundo que los aplausos: la certeza de que hay encuentros que no se olvidan, solo se esperan.




























































