Texto y fotos: César Wesche
La Plaza de Toros San Roque volvió a convertirse en epicentro de la música regional mexicana con una velada cargada de nostalgia, identidad popular y un vínculo genuino entre artistas y público. Después de 14 años, el regreso de Alfredo Ríos, El Komander, no fue solo un concierto: fue un reencuentro con el público chiapaneco que lo esperaba como se espera a un viejo amigo.
Desde los primeros acordes, la conexión fue inmediata. El público integrado por jóvenes, familias enteras y seguidores llegados de distintos puntos de Chiapas y de otras entidades del país respondió con entrega total a un repertorio que recorrió corridos clásicos, baladas y temas emblemáticos del regional mexicano. Cada canción fue coreada como un himno compartido, en una noche donde pareció que el tiempo no había transcurrido.
Uno de los momentos más significativos ocurrió cuando El Komander rompió la barrera del escenario para acercarse directamente a su gente. Bajó a convivir con sus seguidores, saludó de cerca y reafirmó esa cercanía que distingue a los grandes intérpretes cuando reconocen que su fuerza nace del cariño del público. Ese gesto, sencillo pero poderoso, fue celebrado por una audiencia que encontró en el artista no solo a una figura nacional, sino a un cantante que entiende y corresponde al afecto chiapaneco.
Previo a esa esperada presentación, Lenin Ramírez encendió el ambiente con una actuación sólida y vibrante. Con temas inéditos de su producción actual y una lista de éxitos que el público cantó de principio a fin, el sinaloense confirmó por qué es una de las voces más importantes del regional mexicano contemporáneo. Su mezcla de corridos, banda y sierreño, sumada a su estilo auténtico, provocó una respuesta inmediata de una audiencia que no dejó de corear cada interpretación.
La noche también dejó claro que en Chiapas el talento local tiene un sitio protagónico. La agrupación Recarga2, encargada de abrir el espectáculo, asumió con energía y oficio la responsabilidad de preparar el escenario para una noche histórica. Su participación no fue un simple preámbulo, sino una muestra de que los artistas chiapanecos forman parte esencial de la grandeza de estos encuentros.
Más allá del despliegue musical, el evento confirmó algo que en Chiapas se vive y se siente: la relación entre los artistas sea locales, nacionales o de proyección internacional y el público chiapaneco tiene un componente profundamente humano. Aquí no solo se asiste a ver un espectáculo; se construyen memorias colectivas, se celebran raíces y se fortalece una identidad que encuentra en la música una forma de encuentro.
Porque cuando la música se canta con el alma y el artista camina entre su gente, el espectáculo deja de ser solo entretenimiento y se transforma en una celebración popular. En tierras chiapanecas, “De Rancho en Rancho” no fue solo el nombre de una presentación: fue una declaración de cercanía, de pertenencia y de respeto entre artistas y pueblo.




































































