Fotos y Texto: Arturo Wesche
Un encuentro colectivo con la memoria, la emoción y la identidad musical que une generaciones. La presentación de Mon Laferte como parte de su Femme Fatale Tour 2026 dejó claro que la música, cuando nace desde lo más profundo, no reconoce edades ni fronteras.
Desde antes de que el reloj marcara las 9:30 de la noche, el ambiente ya estaba cargado de expectativa. Familias completas, jóvenes y adultos compartían el mismo entusiasmo por ver a una artista que ha sabido transformar sus vivencias en himnos que atraviesan el tiempo. Y cuando finalmente apareció en el escenario, bastó una nota para que miles de voces se fundieran en una sola.
No era la primera vez que la cantante pisaba suelo chiapaneco muchos aún recordaban su participación en 2019, pero esta ocasión tenía un significado especial. Esa misma fecha, la intérprete celebraba su cumpleaños número 43, y el público, consciente de ello, convirtió el recinto en una especie de celebración íntima y multitudinaria al mismo tiempo. Cada aplauso, cada coro, fue también un gesto de agradecimiento por una trayectoria que ha acompañado historias personales de amor, desamor y resistencia.
El concierto avanzó con precisión y entrega. A lo largo de más de dos horas y media, Mon Laferte ofreció un espectáculo completo: potencia vocal, sensibilidad interpretativa y una puesta en escena cuidadosamente coreografiada junto a su equipo de bailarines. Sin embargo, más allá de la técnica, lo que predominó fue la conexión humana.
Uno de los momentos más entrañables llegó con la dinámica de la “cámara espía”, que recorría las gradas y butacas captando rostros anónimos que, por unos segundos, se convertían en protagonistas. Risas, sorpresas, saludos improvisados y besos espontáneos rompieron la barrera entre artista y público, recordando que, en el fondo, todos compartían el mismo espacio emocional.
El repertorio fue un viaje por distintas etapas de su carrera. Canciones como “Mi Buen Amor”, “Tu Falta de Querer”, “Amor Completo” y “Antes de Ti” provocaron una respuesta visceral: lágrimas discretas, abrazos sinceros y miradas perdidas en recuerdos que parecían volver a la vida con cada acorde. No era nostalgia vacía, sino una reafirmación de cómo la música puede acompañar y dar sentido a las experiencias humanas.
Muchos asistentes llegaron incluso caracterizados como la artista en diferentes etapas de sus videoclips, un gesto que habla de la profunda identificación que ha logrado construir con su público. Porque más allá de los escenarios y los reflectores, lo que se vivió en Tuxtla Gutiérrez fue un testimonio de pertenencia: la certeza de que ciertas canciones se vuelven parte de quienes las escuchan.
El concierto concluyó poco después de la medianoche, pero nadie parecía tener prisa por irse. Quedaba en el aire esa sensación difícil de nombrar, una mezcla de plenitud y melancolía que solo dejan los momentos verdaderamente significativos.
Así, la visita de Mon Laferte no solo reafirmó su lugar como una de las voces más representativas de la música contemporánea, sino que también recordó algo esencial: que, en un mundo fragmentado, la música sigue siendo uno de los pocos lenguajes capaces de reunirnos, hacernos sentir y, sobre todo, reconocernos en los demás.





























