Nuestros ojos captan el color gracias a células receptoras llamadas conos, distribuidas en la retina. Existen tres tipos: S (sensibles al azul), M (al verde) y L (al rojo), cada una con un pigmento distinto que reacciona a diferentes rangos de longitud de onda. La visión en condiciones de buena iluminación (visión fotópica) depende casi exclusivamente de estos conos.

¿Por qué destaca el verde?
La máxima sensibilidad luminosa del ojo humano se encuentra en aproximadamente 555 nm, que corresponde al verde. Este color, ubicado en el centro del espectro visible, es el que nuestros receptores perciben con mayor eficacia.

Desde una perspectiva evolutiva, distinguir múltiples tonos de verde fue crucial para reconocer plantas comestibles, evitar otras tóxicas o detectar frutos maduros entre la vegetación. Además, diferenciar un verde ligeramente distinto permitía notar movimientos entre hojas y ramas, alertando frente a depredadores o presas.

Nuestra percepción de color no nace solo en la retina, sino que el cerebro combina las señales de los tres tipos de conos. La teoría de los colores oponentes sugiere que trabajamos mediante pares complementarios (rojo-verde, azul-amarillo), lo que refina nuestra percepción del verde al extremo.
Esta capacidad sigue siendo útil: la mayoría de pantallas y tecnología visual usan el modelo RGB, aprovechando la sensibilidad al verde para reproducir imágenes con mayor nitidez y realismo . Además, investigaciones recientes, como la percepción del color “olo” mediante estimulación específica de conos M, aún exploran lo que podemos llegar a percibir









