Texto y fotos: César Wesche
En ocasiones, el teatro logra lo que pocas expresiones artísticas pueden: detener el tiempo, acallar el murmullo de lo cotidiano y abrir un espacio donde las emociones se sienten con la piel, la memoria y el corazón.
Eso ocurrió en el Teatro Francisco I. Madero, durante la presentación de El 7, obra escrita por Saúl Enríquez y dirigida con pulso firme y sensible por Manuel Jiménez.
La puesta en escena no solo mostró talento, sino que ofreció una verdad contundente: la del ser humano enfrentado a sus contradicciones, sus miedos y la crudeza de la vida diaria. Durante poco más de una hora, los espectadores fueron testigos de un viaje emocional que los llevó de la risa ligera a la indignación, del alivio a la incomodidad, recordando que la condición humana es, en sí misma, un vaivén de sentimientos encontrados.
El elenco, con actuaciones profundas y llenas de matices, se convirtió en puente entre la ficción y la vida misma. Cada personaje sostuvo un espejo frente al público, obligando a los asistentes a mirarse sin máscaras, a reconocerse en los dilemas cotidianos que la obra plantea: la lucha por sobrevivir, el peso de las emociones y esa extraña mezcla de fragilidad y resistencia que define lo humano.
El 7 no es solo una obra de teatro; es un recordatorio de que todos libramos batallas invisibles, aquellas que no siempre compartimos, pero que nos igualan en nuestra vulnerabilidad. Es también un homenaje al arte hecho con respeto y pasión, al talento local que demuestra que, cuando el teatro se vive con entrega, puede sacudir la conciencia y dejar huellas imborrables.
Quizás por eso, al caer el telón, el aplauso no fue únicamente un gesto de reconocimiento; fue una manera de agradecer el regalo de la reflexión.
Porque el teatro, cuando es verdadero, no termina en el escenario: comienza en nosotros.













































